Un hombre se asoma al interior del tronco de un maguey para extraer su savia

Los últimos tlachiqueros

Por David Polo

Por las descripciones que sobre los magueyes puede dar un tlachiquero, parecería que en realidad se refiere a una persona. Para un tlachiquero el maguey hace cosas propias de la gente: salta, llora, escucha, tiene cara y corazón. “Das pulquito” le dicen, acariciando sus pencas, durante los largos años que toma cultivarlos. “Con tu permiso, te voy a raspar” o “gracias por el aguamielito”, en las dos ocasiones diarias que los visitan para recolectar el aguamiel, sus lágrimas. Cuidan a sus magueyes como si de un rebaño se tratara. Y los magueyes ahí están, en efecto, en medio del campo o a la orilla de la milpa, como colosales estrellas verdes de cien puntas. Rodeados de hierbas y flores hacia el final del verano. Henchidas las pencas de savia y abiertos como manos que ofrecen al sol la plenitud de su carne oscura. Estoicos. Los mira uno y entonces cobra sentido oirle decir a un tlachiquero “ahí como lo ve, el maguey es como una persona que está creciendo”. 

Manuel dedica parte de su tiempo a localizar magueyes en el monte y a cuidarlos. Foto: David Polo

Son alrededor de quince años los que tarda en crecer un maguey hasta llegar al momento de partir su corazón. Raspar su tronco para extraer su savia no tomará más de tres o cuatro meses. Después de esto, morirá. Igual ocurriría si el tlachiquero decidiera no partirlo. En el punto culminante de su desarrollo, el maguey arroja por en medio de sus pencas un enorme tallo rematado por abundantes flores amarillas para luego marchitarse inevitablemente. Cada flor es un puñado de semillas que se esparcen por el campo, como si no fueran suficientes las crías que brotan por debajo de sus pencas. “Son sus hijitos” dice el tlachiquero, y los desprende con cuidado, los orea sobre las piedras y cuando la luna es creciente los siembra con la cara viendo al sol de la mañana.

un campesino vierte savia de maguey en un contenedor de cuero para la elaboración de pulque
Julián Lara recolectando aguamiel de un maguey mazametl. Foto: David Polo

Llegará un día cuando todos los magueyes salten y se llene el campo y el monte de esas flores que por la tarde parecen aves perchadas. No es que haya muchos, pero los tlachiqueros cada vez son menos. Medio siglo atrás eran centenares las familias que vivían de vender pulque a los muchos campesinos y peones que sembraban las montañas de Milpa Alta y sus alrededores, en el sur de la Ciudad de México. Actualmente, son menos de cincuenta las personas que aún practican este oficio, por nostalgia o por sustento, repartidas entre doce pueblos.

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